Versió en català
No pocos jóvenes viven su entrada en el seminario con resignación. Temen vivir y formarse en una liturgia empobrecida, que pone a los hombres en el centro en lugar de a Dios. Que se les apague el celo apostólico, enseñándoles a quedar bien y no a buscar la salvación de las almas. Que no se les enseñará a autores como Santo Tomás, pero sí alguna herejía de boca de profesores a los que nadie se atreve a despedir.
Más aún, se resignan a prometer obediencia a una jerarquía diocesana que ha abusado de su poder para castigar a buenos sacerdotes que cuidan la liturgia y enseñan la sana doctrina sin silenciar verdades incómodas.
Tenemos la obligación de ser prudentes.
No soy yo, sino ellos mismos quienes se dan cuenta de esto. Que cada uno juzgue con justo juicio (Jn 7,24) el seminario al que confía su formación: su liturgia, sus maestros espirituales y su formación académica. De estas tres, la menos importante es la formación académica. La más importante es la liturgia, «fuente y culmen de la vida cristiana» (Lumen Gentium, 11), que forma o deforma inconscientemente nuestra relación con Dios. En segundo lugar, el ejemplo vivo de los profesores: no el contenido teórico, sino su vida. Un sacerdote cobarde difícilmente enseñará a nadie a proclamar el Evangelio con valentía; más aún, el seminarista adoptará su "prudencia" humana.
La formación marca de por vida: puede ser un fundamento sólido en la vida de un santo o hundir en la confusión y la mediocridad por los malos ejemplos. Que cada cual juzgue como pueda, pero con fidelidad a Dios y sólo a Dios, con un espíritu dispuesto a decepcionar a todos: familia, amigos, el Papa, obispos, director espiritual... con tal de agradar a Dios. Al fin y al cabo, es nuestra generosidad con Él la que será evaluada el día del Juicio.
La vocación exiliada
Que nadie se resigne a un seminario, porque hay una alternativa: exiliarse. Hay seminarios donde el latín no es una lengua extranjera, el canto gregoriano no está discriminado y Santo Tomás no es silenciado. Seminarios donde no se apaga el celo, sino que se aviva y se encauza hacia un amor mayor a las almas. Donde la verdad se proclama en voz alta y donde se prepara a los seminaristas para anunciar el Evangelio en el siglo XXI.
La vocación exiliada no es una vocación misionera. Es dejar atrás amigos, familia, lengua y país, quizá para siempre, porque Dios no merece menos que lo mejor. Porque sólo tenemos una vida y sólo tendremos una formación. La elección parece clara: un célibe, llamado a vivir sólo de Dios, puede renunciar a familia y amigos. Más aún: «...quien haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» (Mt 19,29). Marcharse al extranjero, sin esperanza de volver, ¿no es un despojo ideal para la vida de un célibe que pretende depender sólo del Señor? La emigración por motivos espirituales (xeniteia) era tan valorada por los primeros cristianos que San Jerónimo dijo: «El monje no puede ser perfecto en su patria. Y no querer ser perfecto es un delito» (Epístola 14,7).
Todas las órdenes y fraternidades sacerdotales querrían fundar en nuestra patria, pero no pueden planteárselo porque no tienen vocaciones de aquí. Pero no debemos aferrarnos a una esperanza humana. Aprovechemos la oportunidad de hacer una renuncia total: a la familia, a los amigos y a la patria. Una pobreza así es un fundamento sólido para depender sólo de Dios, que es la espiritualidad propia de un célibe.
Si amásemos de verdad, no de palabra sino con la Cruz, a la familia, a los amigos y a la patria, ¿qué escogeríamos? ¿El placer sensible de tenerlos cerca, o buscar la perfección para interceder por ellos? Dios cuidará mucho mejor de quienes amamos que nosotros mismos, que a menudo no somos sino obstáculo para su conversión. «La mies es abundante, pero los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su campo» (Mt 9,37-38). El Señor no nos dice: «Id a llamar más obreros», sino «rogad». Meditemos si no nos estamos quedando con un amor más pequeño. ¿No es éste el centro de la crisis de la Iglesia? Aferrados a caminos prefijados, no somos generosos con Dios. Exiliarse, dejarlo todo por el Reino de Dios. ¿No es eso lo que conviene a todo cristiano, pero especialmente a un célibe, que vive de no tener? Es un gran primer paso en la vida no de un sacerdote, sino de un sacerdote santo.
Comentaris
Publica un comentari a l'entrada